miércoles, 16 de noviembre de 2011

Carreras en el cielo

Roberta apoya la mejilla en la ventanilla del coche. El tintineo del motor que hace temblar el cristal le produce una suerte de cosquilleo que le calma los nervios. El paisaje  es precioso, una delicia para el visitante y un orgullo para el oriundo. Italia es rica en lagos, parajes verdes, viñedos, edificaciones solemnes de familias con solera y escudo y construcciones añejas mecidas en lo que un día fue la cuna del mundo. Pero Roberta no puede ver nada. Sus ojos miran hacia el infinito, clavados en un horizonte azul que nada muestra y que todo encierra. Mirar sin ver es uno de los actos reflejos que más practica el ser humano, aún sin darse cuenta muchas veces, pero ella es consciente de su pecado. No hay nada ahí fuera capaz de llamar su atención, nada que la atraiga o la conmueva. No hay nada.
Luigi conduce en silencio, hace ya meses que no cruzan más que las palabras estrictamente necesarias. No saben que decirse, perdieron en un instante la capacidad de comunicarse, de contarse sus sentimientos, de arroparse el uno al otro, de tenderse una mano o darse un abrazo en la oscuridad del camino. A Luigi lo criaron en una familia típicamente mediterránea, con ese absurdo convencimiento de que los hombres no pueden tropezar ni mostrar debilidad. Un hombre es un hombre y no hay lugar en su interior para sentimentalismos que no llevan a ninguna parte y que tan poco respeto inspira a los demás.
La mira de reojo, hace meses que la observa, ve como Roberta se va ahogando en un mar de silencio, el mismo que ellos se han impuesto de mutuo acuerdo con sólo cruzar las miradas.

Van llegando a su destino. Levanta el pie del acelerador, duda un momento pero Roberta sale de su ensimismamiento y le ordena sin palabras continuar. El obedece y toman el camino de tierra que les lleva a su destino.

Cuando llegan se bajan los dos del coche y sigue el perpetuo silencio. Ella saca unos mazapanes envueltos en un paño de cuadros rojos y blancos, dulce típico de Sicilia, su casa. Le tiemblan las manos pero se insufla valor, aminorando el paso, dando tiempo a Luigi a llegar a su lado. Caminan juntos. Llaman a la puerta, un perro ladra alertado por el timbre, tardan un poco pero se oyen pasos que se acercan.
La puerta se abre y un hombre encorvado que se adivina un día fue grande asoma, abatido, con los hombros caídos y  los ojos cansados de buscar, escondidos tras sus gafas graduadas.

Roberta da un paso, le adelanta el presente e intenta que la voz no se le rompa justo ahora.

-         Hola Paolo, mi marido y yo, hemos venido a presentaros nuestros respetos. Nuestro único hijo murió hace dos meses en un accidente de moto, como el vuestro y hemos pensado que si os ofrecíamos un poco de aliento quizás….

No puede continuar se le quiebran las buenas intenciones, la voz y el alma. Se abalanza sobre Paolo, lo abraza, llora desconsoladamente y se aferra con fuerza a ese hombre como si hacerlo pudiera purgarle el dolor que trae a cuestas.

Luigi no se mueve. Incapaz de reaccionar al ver a Roberta por fin partirse en dos. Sólo llora por primera vez desde aquél día.

Paolo la abraza a su vez, mira al marido y esboza una mueca, algo parecido a una sonrisa.

El jardín está lleno de flores, de velas, de fotografías, de regalos que personas llegadas de todo el país han ido dejando en los últimos días.

-         Está bien, tranquila, llora. Los niños están enseñando a los ángeles a ganar carreras. Mírame a mí, creo que aún no he reaccionado. Sigo trastornado y sin embargo personas desconocidas como tu me dan una fuerza que nunca creí que sería capaz de tener. Venías a consolarme y soy yo el que te consuela. Si algo me ha enseñado mi hijo es que era especial. Cientos de desconocidos han venido a mostrarnos su cariño. Y yo que pensé que eso de “te acompaño en el sentimiento” eran sólo palabras, he descubierto que tienen un significado. La partida de mi hijo me ha demostrado que estamos en el mismo mundo, que tenemos los mismos miedos y que padecemos los mismos sufrimientos. Mi hijo ha destapado en nuestra vida, la grandeza del ser humano. 


jueves, 20 de octubre de 2011

La herida

Han pasado tantos años desde que me marché que no sé muy bien lo que espero encontrar a mi regreso. Toda mi infancia se ha ido diluyendo como se disuelve la gelatina en el agua, formando un pasado de solidez y color hechos a mi medida. Soy consciente de haber mitificado lugares, personas y situaciones, que para eso la única ventaja que dan el paso del tiempo y la muerte, es la posibilidad de distorsionar a tu antojo una realidad que aunque sea paralela, no deja por ello de ser menos veraz que la original.
Y vuelvo hoy, después de veintitantos años, a este callejón donde corrí sin descanso, donde aprendí a montar en bicicleta y donde me dejé parte de la rodilla derecha enganchada en el guardabarros mohoso de un seiscientos pintado en un verde mate que nunca más he vuelto a ver.
La fachada de lo que un día fue el nido de mis primeros años está intacta, añeja por el paso del tiempo y el sedimento que ha dejado la humedad de los fríos días de invierno, pero intacta al fin y al cabo. Los azulejos que decoraban la entrada siguen allí, sin haber perdido un ápice de colorido ni del brillo que recordaba.
Las ventanas, una a cada lado de la puerta, están como ésta última, tapiadas con ladrillo rojo y cemento gris. Queda intacto también el timbre al que no solía llegar ni aún subiéndome en el escalón de la entrada y que ahora, no sin sorpresa descubro que me queda a mano sin tener que levantar mucho el brazo.
Decido que me voy, no hay nada que ver, no queda ya nadie. Y justo cuando doy un paso atrás mi cabeza se gira automáticamente a la puerta de la casa contigua. Y me acuerdo que solía vivir allí la abuela de una niña con la que yo compartía juegos y meriendas de pan con leche condensada rociada de unas cucharadas de cola-cao que se te pegaba a la garganta y te hacía toser durante media hora, dejándote un regusto a cacao seco en la boca el resto del día.
La puerta es la misma, de cuarterones color marrón y con una ventana enrejada en medio que está abierta. Lo pienso pero llamo con los nudillos sin dudar. Y para mi sorpresa la señora que sale es un rostro familiar, lejano pero que he visto antes.
Le pregunto si desde su azotea podría ver la casa contigua y me dice que no está en venta, no quiero comprarla es la casa de mi familia. Se hace un silencio de segundos que a mi me parece una eternidad y de repente ella también me reconoce. Me invita a entrar y me indica la escalera por donde he de subir, me esperará abajo, no tiene las piernas para tanto esfuerzo, los años no han pasado gratuitamente para nadie.
Subo los peldaños de dos en dos con paso firme. Creía recordar más escalones, se ve que con el crecimiento de mi cuerpo ha menguado todo a mi alrededor. Me siento Alicia por un día.
Entre ésta casa y la que un día fue mía hay un muro que me llega a la cintura. Me asomo. El solar que hay ante mí escuece como una herida abierta. No tiene techo, sólo quedan las cuatro paredes; la fachada que ya he visto, la que hace de muro adosado a ésta vecina, la que soporta la casa del otro lado y el muro trasero. Aún queda en pie un cuadrado, un patio interior que daba al salón, baño, pasillo y dormitorio principal y cuyos ventanales inundaban de luz todas esas estancias. El baño era de azulejos negros y suelo blanco y negro también, como un damero. Los de la pared permanecen intactos, no se ha caído ninguno. El suelo no se aprecia, hay maleza por todos lados, el níspero que un día estuvo en el patio ha echado raíces por toda la casa y sus ramas dan sombra a lo que un día albergó la cocina. Esa cocina donde se guisaban patatas con raya, chivo en caldereta o puchero con hierbabuena y que aún si hago un esfuerzo y casi sin cerrar los ojos, puedo volver a oler con inusitada intensidad. Nada es tan enorme como yo he creído todos estos años, nada es como lo he conservado en mi memoria y sin embargo lo que queda es completamente reconocible y familiar.
Aspiro profundamente, lleno los pulmones de ese aire húmedo y gris que envuelve esta ciudad y deshago el camino hacia la planta baja. La vecina me dice que hace muchos años que nadie va por allí, que la casa se deterioró y un día se vino abajo.
Le doy las gracias a la buena mujer, me besa y me abraza y me despido.
De camino de vuelta a mi vida actual me doy cuenta de que este viaje al pasado era tan necesario como reparador. Mi herida sigue tan abierta como la casa, en canal. Pero comprendo que ya nada queda en lo que acabo de dejar atrás. Todo está dentro de mi, todo lo que fui y lo que me ha hecho llegar a ser lo que soy ahora está dentro de mi corazón. La casa se cayó por la indiferencia, de soledad y de pena. Y así es como caemos también las personas cuando morimos, disueltas en el olvido.
Pero mi rostro esboza una sonrisa amarga, no tengo que volver nunca más, donde quiera que vaya vivirá aquel callejón tal como yo lo conocí un día, lleno de flores, de mujeres encalando y de chiquillos ruidosos. Y el dueño de la casa, ése, ése seguirá siendo una herida sangrante que no voy a cerrar nunca. Hay veces que el dolor es necesario,  nos mantienen conscientes. Hay heridas que a la vez que nos queman nos sonríen, nos besan y nos acarician y esas heridas me recuerdan que el dueño de la casa sigue caminando comigo donde quiera que yo vaya. Él no vaga solo y yo tampoco, la vida se encargó de anclarlo fuertemente al puerto de mi memoria.



viernes, 14 de octubre de 2011

J


Yo conozco a un hombre cuyas manos tejen con infinita e impecable sapiencia. Trenza hilos con soberana maestría, de manera similar, si se me permite la vanidad de compararme con alguien que brilla con luz propia, a como yo hilvano las palabras que forman las humildes frases que luego lanzo contra el viento y que a veces, tengo la suerte de que arriben al puerto de algunos ojos. Es un hombre cuyos estilizados dedos invitan a menudo a unas agujas a bailar un baile de salón. Éstas se prestan con devoción, como una dama ansiosa por voltear alrededor de una sala, al son de músicas celestiales que las transporten más allá del límite del abismo de una pura e inmaculada creación. Es un hombre de tamaño medio que no necesita de más corpulencia para cobijar dentro de su alma un tesoro más grande y a un ser más lleno de arte y de amor a partes iguales. ....
La vida que es tremendamente generosa conmigo, a pesar de los desplantes que le hago a veces, queriendo o sin querer, abrió un día un resquicio para que me colara en su vereda y me permitió echar un vistazo a todo lo que rodeaba su mundo interior. Yo que no entiendo de dioses ni de religiones, cerré los ojos e imploré a lo más grande y más profundo no tener que irme nunca. ....
Esa misma vida que es un metro que está a punto de partir la mayoría de las veces, fue complaciente conmigo oyó mi plegaria  e hizo justo lo contrario. Arribó un verano a un andén lleno de flores de colores, donde jugaba una niña que nos miró a los dos, uniendo lo que quizás de otro modo nunca hubiera sido más que un camino paralelo, de esos que se miran de soslayo y nunca se cruzan entre sí. ...Y me regaló a mi compadre!


miércoles, 7 de septiembre de 2011

Un hombre y un puerto

Hay hombres que con la mirada te desabrochan el vestido y con una sonrisa te acarician la piel aún en  la distancia. Él es uno de esos hombres, irresistiblemente atractivos, que vuelve cabezas por donde pasa y que aunque no se note a simple vista, camina protegiéndose permanentemente. En una palabra, un duro como los de áquellas películas en blanco y negro. Lleva esculpida bajo la epidermis una coraza de romano, con sus abdominales, sus bíceps y tríceps, sus trapecios; todo un espectáculo andante. Conscientemente marca su musculatura ya de por si portentosa, más para distraer tu atención y alejarte de la curiosidad de querer escarbar en su interior, en el mapa de sus emociones, que para atraerte.
Es amable y encantador de serpientes si la jornada le es propicia, pero en caso contrario puede llegar a ser ordinario y vulgar empleando un lenguaje tan soez, que te si te descuidas puede quebrarte en lo más hondo con la facilidad que se rasga una hoja seca. A veces también se muestra tan delicado que al cogerte la mano,  te hará sentir como a una frágil bailarina de cristal a la que trasladan de estantería.
Repite una y mil veces que no quiere que te asomes a su interior, que no es lo suficientemente bueno para mostrar todo lo que alberga y que no desea que le veas el alma.
Es un hombre grande, no de tamaño, que es normal, si no de espíritu. Busca la perfección constantemente y aunque la ha alcanzado físicamente hace ya mucho tiempo, no cree haber llegado a rozar el borde de la excelencia interior con la yema de los dedos.
En él se entremezclan, como dos piezas de un puzzle perfecto el ying y el yang. Y hasta cuando su ferocidad alcanza cotas inimaginables para quien no haya presenciado uno de sus ataques de ira, raya lo sublime.
A este tipo de hombres se le odia o se le ama con la misma intensidad, con ellos no existe el término medio. Hay que disponer de un sentimiento de amor incondicional para esconder bajo un tupido y espeso velo sus torpes tropiezos. Que hay que reconocer que no son más que el fruto de su búsqueda por ser mejor y más perfecto.
Y hoy, cuando lo veo por la calle, marcando el paso como si fuera un hombre que a pesar de estar perdido sabe a donde va, volviendo las cabezas a ambos sexos, henchidos de admiración hacia su persona, sólo puedo recordar nuestra adolescencia juntos.
El me enseño a caminar erguida aún cuando el dolor me doble el esternón, a sonreír al enemigo antes de su burdo ataque y a marcharme despacio sin hacer ruido cuando todo lo que se oye alrededor es rotura de cristales.
Y el sigue su camino, imponente, apoyada su osamenta sobre las poderosas columnas de sus piernas, mostrando una seguridad de la que carece y rebosando de la incertidumbre de quien  no sabe que está buscando.
Y es paradójico que ese mismo hombre tan fuerte por fuera como frágil por dentro, ese que no se siente aún anclado a ningún puerto, me haya enseñado a mi, a atracar mi barco en aguas calmadas bañadas por soles templados.






lunes, 29 de agosto de 2011

Al gato, si!


Nos vamos de casa rural. 
El pueblo es pequeño, está muy por encima del nivel del mar y relativamente cerca, pero aún así no lo había visitado antes.
Cuando vemos la casita no sabemos si echarnos a reír o llorar directamente. Está construida en el borde de un desfiladero, aunque en realidad han tenido que hacerle una base recta sujetada por vigas de madera que sobresalen del terreno escarpado, mostrando una fragilidad pasmosa que da miedo si lo piensas mucho.
Es una casa de gnomos. Casita de madera con contraventanas de juguete y una puertecita  ante la que hay que inclinarse por muy bajito que seas.
Al pasar al interior vemos que tiene una cocina americana, un saloncito con chimenea y dos habitaciones en la planta baja, la tercera está ubicada en la buhardilla de techo inclinado donde acomodamos a los niños, que para ellos es más fácil moverse en tan poca altura.
Justo en la entrada hay un porche pequeñito, guardando perfecta proporción con el tamaño del resto de la casita. Tiene una mesa de madera con bancos corridos, sujetados al suelo por clavos y una pequeña barbacoa donde pensamos hacer la cena.
Hasta esa hora decidimos irnos al pueblo a dar una vuelta y más que una vuelta resulta una escalada. ¡Cuántas cuestas en tan pocas calles! Noto que me falta el aire y pienso que puede ser alergia, buscamos la única farmacia que hay y compro un antihistamínico que me ayude a pasar lo que intuyo será una noche larga y asfixiante.  Volvemos a la casita, todos jadeando por el esfuerzo, no comprendo como nadie puede vivir en un lugar tan inclinado, y desde luego mi admiración crece cuando veo ancianos subir sin necesidad de ayudarse si tan quiera de un bastón. ¡Lo que hace la costumbre! Me digo a mi misma.
Encendemos la lumbre donde asaremos carne y patatas que haremos envueltas en papel de aluminio en las brasas de la barbacoa y también  preparamos una ensaladita.
Y entonces aparece él, recién salido de la nada…Está flaco, tiene los ojos verdes, como todo felino que se precie y el pelaje naranja con rayas rubias. Maúlla despacito, como sin fuerzas y a mí que no me gustan nada los bichos, intuyo que me va  a dar la noche el tierno animalito.
Ronronea refregándonos el lomo por las piernas a todos y yo sonrío con cara de circunstancias, no sea que los demás piensen que estoy deshumanizada, pero cada vez que me roza, pienso en la cantidad de pelos que me estará dejando el gatito en los pantalones y en el peste que huele la grasa de pelaje de bichito.
Los niños se lo están pasando en grande, corretean con el animal, juegan, le acarician y él se deja hacer.
Nos sentamos a comer y entre otros manjares disfrutamos  de un buen pollo, todos devoran con avidez, debe ser cierto que el campo abre el apetito.
Alguien le da de cenar al lindo gatito, un poquito de pollo, unos trocitos de patata asada, hasta lechuga como el bicho y yo que siempre pienso que a la gente que come mucha lechuga se le acaba por poner cara de tortuga, me da por pensar en un gato con la cara de la mascota de Darwin.
La noche va a ser movidita, entre el polvo que hay en la casa, esa legión de ácaros dándose empellones para entrar el primero en mi organismo, el asma que empieza a inundarme los bronquios y la visión del gato enmascarado con cara arrugada de tortuga, soberviene oscuridad cargada, dicho sea de paso,  de la intuición de que voy a vivir una velada inolvidable.
Y mis peores augurios se cumplen. Efectivamente, cuando todos duermen desde hace mucho rato y el silencio se cuela por cada una de las rendijas de la casa, un pitido muy simpático se adueña de mi pecho, la música de la banda sonora de mi alergia. Me siento en una silla, voy a dificultarle a la simpática legión de visitantes todo lo que pueda, el trabajo de la invasión de mis vías respiratorias. Pasan las horas y a la dificultad que representa cada bocanada de aire que doy, se le suma el valor añadido de una tos, seca, cansina y persistente que insiste en hacer los coros de la banda de música que llevo dentro.
La noche pasa lentamente y a pesar de que el cansancio me vence soy incapaz de cerrar los ojos. El asma no quiere darme tregua y me mantiene en vilo hasta que amanece finalmente, trayendo la esperanza de lo que puede ser quizás, un día tranquilo.
Cuando todos se levantan desayunamos juntos, uno de los niños, de pelo rojo como el lindo gatito y con quien ha hecho particulares buenas migas, quizás por la simpatía que ha despertado el felino en el chiquillo ante la semejanza de color del pelaje, abre la puerta del porche y sale disparado buscando a su nuevo compañero de juegos.
Pero lo que se adivinaba como una estupenda mañana de domingo se torna de repente en una tragicomedia indescriptible, aunque voy a intentar contarla con la máxima seriedad.
El niño pone el pie en el escalón de acceso a la calle, ve algo y horrorizado entra de nuevo como si un ente superior le hubiera empujado hacia dentro con todas sus fuerzas…
-         Mamá el gato se ha muerto!!
Nos quedamos todos en silencio, salimos a la puerta y nos encontramos al bicho literalmente tieso, con las patas hacia arriba, tumbado sobre la rejilla de la barbacoa.
Debo de ser de una crueldad extrema porque la risa se da empellones trepando por mi garganta y la ahogo como puedo para no herir susceptibilidades.
Una de las personas que viene con nosotros palidece, ama profundamente a los animales, se acerca, lo coge, quiere enterrarlo, se le saltan unas lágrimas.
Y yo que guardo silencio pienso: - ¿Cómo se te ocurre darle pollo a un gato criatura? Fijo que se ha atragantado con un hueso. Pero claro a ver como le digo nada, mejor me callo que bastante tiene con la pena…
¿Y la barbacoa? Qué asco seguro que antes se han muerto más bichos sobre la rejilla y anoche nos hartamos de comer…anda que el que venga detrás!!!!!
Hacemos un silencio respetuoso en todos los casos, menos en el mío, que lamento decir viene impuesto a propósito para no soltar una carcajada. Con la noche que me han dado los ácaros, el asco que todavía me dan pelos del finado pegados a mi pantalón y la alergia que me dan los bichos en general, mejor me callo y dejo pasar este rato en el que me debato entre salir corriendo y partirme de risa ante tan ridícula situación.
Enterramos al animalito, guardamos un minuto de silencio y me monto la primera en el coche para salir  de aquél pueblo del que nunca olvidaré el nombre porque hasta para eso hemos tenido mala suerte…Algatocín. Que ya quedará grabado para siempre en mi memoria como “Al gato, si”.


miércoles, 24 de agosto de 2011

La portada


-       ¿Diga? –contesté con voz de ultratumba-.
-       Buena la has hecho, si querías impresionarnos te has superado, nos vas a matar a disgustos…
-      Mamá, como no te expliques mejor,-dije aún adormilada-, ¿qué hora es? ¿qué pasa ahora?
-       Son las ocho de la mañana y si quieres saber la que has liado vete a la calle verás que pronto te enteras.
Mi madre me colgó el teléfono y ni me inmuté, la pobre mujer era una histérica-depresiva que se había pasado la vida intentando jugar con la mía a los barcos, sólo que hasta ahora no había conseguido hundirme ni de refilón, pero he de reconocer que me dejó en ascuas. Así que me levanté y después de darme una ducha y tomarme un café bebido salí a la calle a buscar la respuesta de tan maño cabreo.
Antes de irme a la redacción pasé por el quiosco de siempre a comprar la prensa. Cogí mis diarios, para el que trabajo y los de la competencia y cuando fui a pagar, Manolo, el quiosquero, me metió entre los periódicos un ejemplar de Interviú y sonriendo socarronamente me dijo: -A este invita la casa-.
Camino de mi coche sonó el móvil, era Andrés, un amigo de toda la vida que vivía en Madrid y se ganaba la vida como actor. El día antes lo había dejado en el Ave que lo llevaría de vuelta a casa después de haber pasado juntos el fin de semana.
-       Hola cielo! ¿Llegaste muy tarde?
-       Tía estoy acojonado, tengo taco de periodistas en mi puerta, mis padres tienen un disgusto enorme, me cago en todo, ¿no has podido pararlo?, trabajas en esto!!!!!
-       Eres la segunda persona que me llama hoy para darme la bronca, ¿se puede saber qué está pasando? –dije cansada de una situación que se me escapaba-.
-       Lo que faltaba, ¿no me digas que no lo sabes?, bueno mejor que te lo diga yo, que a mi me lo ha enseñado el portero de mi casa y quería morirme…Compra el interviú y luego me llamas, –y colgó-.
No me dio tiempo a asimilar sus palabras cuando mecánicamente abrí los diarios y allí estaba la respuesta a mis interrogantes, en la portada de la revista, Andrés y yo, en todo nuestro esplendor, saliendo de una piscina a media noche, divinos de la muerte, entre risas y bromas, pero en pelotas.
-¡Qué hijos de la gran puta!-solté en voz alta en mitad de la calle, el barrendero me miró y su sonrisita lasciva me mosqueo mucho más de lo que ya, de por si, estaba-.
No me cogió de sorpresa las artes que se gastaban muchos en mi gremio, estaba cansada de ver como se ganaba una cantidad indecente de dinero publicando las miserias de los famosos, pero esto era más de lo que nunca llegué a imaginar.
La noche de autos, éramos un grupo de gente celebrando una fiesta en una casa, pocos, unos seis, todos amigos de toda la vida, o eso creíamos. La vivienda en la que estábamos era un ámbito privado, pero al autor de las instantáneas le había importado poco. Sabía quien las había hecho y también la razón de que su firma no apareciera en el reportaje.
Tenía náuseas. Me paré y entré en un bar, pedí una infusión y me senté al fondo, donde nadie pudiera verme. Abrí la revista y tomé aire. Las fotos eran parecidas entre sí, sólo se nos veía a nosotros dos, vende más una noche erótico-romántica entre famoso y periodista, que seis personas en una cena que se dan un baño sin ropa en un momento puntual. Lo peor de todo era mi padre, estaba enfermo del corazón y eso me intranquilizaba. Andrés y yo nunca mantuvimos una relación amorosa, pero eso daba igual. De hecho a los dos nos gustaba el mismo género. Ahora vendrían rodados una serie de programas que lanzarían una batería de farsas y calumnias, pero la maquinaria ya se había puesto en marcha. En estos casos siempre es mejor no desmentir, no entrar a formar parte de la atracción circense. Llamé a Andrés y le dije que se quitase de en medio unos días, hasta que pasase la marabunta. Todo se pasa, afortunadamente, ya nadie se acuerda del “descuido” de aquella joven marquesa en una discoteca y tampoco de la “pillada in frangati”, cuando aún eran amantes y casados ambos, entre una reina de papel couché y un entonces ministro. Ambos reportajes fueron firmados por el mismo cabrón que había hecho éste.
Mi teléfono sonó, sacándome de mi ensimismamiento. Era mi hermano.
-Niña, ¿dónde estás? A papá le ha dado un infarto, estamos en el hospital….Ven en cuanto puedas.
Lo demás se sucedió con una rapidez pasmosa, no sé muy bien lo que pasó a mi alrededor, llantos, cientos de formularios que rellenar para organizar el funeral, amigos cercanos y lejanos que vinieron a darnos las condolencias, curiosos y compañeros, (mejor dicho aves de rapiña que compartían conmigo profesión aunque no tuviéramos nada que ver en las formas ni en el fondo), y que tuvieron que ser expulsados del tanatorio por los agentes de seguridad privada del recinto y mi caos interior, que me inundaba como un tsunami emocional si dejarme centrarme en nada…
Todos sentían el dolor de una pérdida grande e inesperada. A pesar de su enfermedad, que estaba controlada, nada hacia presagiar ese final de manera tan súbita. A toda la familia le invadió la pena, yo, además, sentí una losa sobre el pecho que no me dejaba respirar. Mi madre me miraba inquisitiva, me culpaba, lo sabía, podía sentirlo. Mi hermano no me  habló desde que nos comunicaron la noticia y yo no dejé de atender a la gente, no podía parar, no quería, necesitaba no pensar.
Andrés me llamó, le dije que no se le ocurriera aparecer. Era mi amigo de toda la vida, mi alma gemela, sabía que lo sentía casi como yo, pero que viniese sólo haría aumentar el morbo y echar más leña al fuego. Me repetí a mi misma que no “hay males que duren más que yo”. Tenía que ser fuerte y esperar a que pasase el momento nefasto que estaba viviendo.
Un poco aturdida, salí a tomar un café a la máquina que había en el pasillo. Varias puertas comunicaban con el mismo hall, eran diferentes salas de duelo. Más gente sufriendo pérdidas, seguramente, irreemplazables. Iba cabizbaja, me sentía hundida y de pronto, me tropecé con alguien.
-Perdón –musité-.
Y al levantar el rostro le vi, era José, trabajaba entre otras, para mi empresa, era freelance, (fotógrafo ó paparazzi – palabra que se había puesto de moda hacía sólo unos años-, que iba por libre y vendía su material al mejor postor). José estaba en la cena, era “amigo”  desde hacía muchísimos años y era el que nos había vendido.
¿Había venido a hacer la segunda parte del reportaje de su vida a costa de mi familia?
-Lo siento –me dijo en un susurro-.
El próximo eco que se oyó retumbar en las paredes, fue el sonido de la tremenda bofetada que le di sin siquiera pensármelo.
Se hizo un segundo de silencio, se abrieron las puertas de las 2 salas ocupadas en ese momento por familiares de difuntos.
De una de ellas salió el hermano de José, mientras éste me miraba aturdido, aún sin reaccionar.
-Siento mucho la pérdida de tu padre, -dijo Manuel-, mira como es la vida de perra, la mujer de José se mató ayer en un accidente.
Miré a José, las lágrimas acudieron a sus ojos….Y una única frase me vino a la mente en ese momento, un refrán que habla de arrieros y de caminos, pero me dije que la vida hace algunas veces raros malabares y que bastante tenemos con intentar no perder el equilibrio.

viernes, 15 de julio de 2011

Bajo las ruedas


No tengo tantos años, pero empieza ha hacer mucho tiempo de algunas cosas, de demasiadas quizás.
Nunca he olvidado el mensaje que lleva un libro de Herman Hesse llamado “Bajo las ruedas”. Por lo duro, por lo real y por lo cotidiano de la situación que describe con una maestría impresionante.
Intento estar por encima del bien y del mal en determinadas situaciones, sobre todo en aquellas que no te llevan a ninguna parte y que si pueden hacerte erosión en la capa externa de la piel o del espíritu, (que para erosionar capas más profundas se necesitan algo más que malas intenciones, al menos en mi caso).
El tema es que hoy muy temprano, una mujer a la que conozco poco y que además no es santo de mi devoción por causas diversas, me comenta que un tercero mantiene un affair con otr@ que evidentemente no es su pareja.
En primer lugar la interrogación se apodera de mis arterias, para dar paso luego a una especie de amargor que sube por la boca del estómago. Respiro profundo cuando oigo el manido comentario de…”pero no digas nada”. Siempre me he preguntado si esa frase encierra un acto de contrición donde el interlocutor entona el “mea culpa” de antemano, y es por eso que no quiere que se sepa una cosa que conoce falsa previamente, o si por el contrario, es un burdo intento de minar la “reputación”,(que por eso digo que me siento vieja porque a estas alturas de la vida he aprendido que la reputación no te la haces, te la hacen), y hay que esconder todo atisbo de luz en una nimiedad que a pesar de serlo, puede también resultar dañina, perversa e incluso mortal para algunas personas.
Todo esto de lo que hoy quiero dejar constancia no es más que un intento, quizás vano, de recordar que tenemos la obligación de no olvidar que los comentarios igual que puedan ensalzar a una persona pueden destruirla. Que no hay más que encender una mecha y dejar que la pólvora vaya encontrando su camino en el boca a boca para hacer de la existencia de alguien un verdadero infierno. Que todos y cada uno de nosotros podemos terminar bajo las ruedas de la maledicencia de cualquier descerebrado. Y que a pesar de saberlo, seguimos pisando el acelerador con demasiada asiduidad, eso si, a toro pasado ninguno de nosotros provocó la primera chispa.