viernes, 4 de mayo de 2012

El Lobo


Ahora que parece que hace de todo mucho tiempo, puedo contar como los acontecimientos fueron colocando en su sitio lo que a priori, me resultó incomprensible.
Recuerdo perfectamente la primera vez que acercó su hocico caliente y húmedo a mí para husmearme y reconocerme quizás. Pero no soy capaz de ubicarlo en el tiempo, eso si, yo era muy pequeña.
El era un lobo un poco más grande que yo, de pelaje brillante y abundante, cuello y patas anchas y unas orejas soberbias que coronaban su no menos magnífica testa. Nos hicimos amigos y yo le seguía a todas partes, nos subíamos por riscos que nadie más osaba escalar, corríamos libres, comíamos y bebíamos sólo cuando teníamos hambre o sed y nos apoyábamos el uno en el otro para dormir. Otros lobos de otras manadas o de la nuestra, lo miraban de reojo, no siempre con aceptación pero todas las veces con respeto y por extensión, a mí, que era algo así como su protegida.
Mi amigo me enseñó muchas cosas, cosas que me serían útiles el resto de mi vida, solía decía:
-      Si tienes miedo, ponte erguida, levanta la cabeza, mira fijamente al frente, ríe como una hiena y pisa fuerte, que nunca huelan tu temor.
-   Cuando estés triste no dejes que el enemigo se aproveche de tu debilidad, aún con ojos vidriosos esboza la mejor de tus sonrisas y no cuentes tus sentimientos a menos que sepas que el receptor está de tu parte.
-      Corre más que los demás y más rápido.
-   Antes de atacar asegúrate de que puedes ganar, si no puedes no lo intentes y si puedes déjalo correr,  no será una lucha limpia si el otro no está a la altura.
-      Si juegas con fuego asume que puedes quemarte y si lo haces no te lamentes y cura sola tus heridas.
Y así un sinfín de indicaciones me fue dando durante muchos años y que ahora que lo pienso, no sé si me hicieron mejor o más fuerte, pero  usé muchos de sus consejos a lo largo de la vida y no me fue tan mal.


El lobo era tierno como podía ser huraño, todo a ratos, nunca fue muy cariñoso y me lamía en contadas ocasiones. Yo lo miraba y veía algo en su interior que no podía explicar, un brillo extraño en la mirada, un hilo de baba en la comisura de los labios, un relamerse las patas algunas veces, a mis espaldas, cuando creía que yo no lo veía. Mi lobo tenía el alma oscura, era siniestro y sabia que podía verle su yo más profundo. No se cansaba de repetirme que no era bueno para mí, que no me convenía y que lo mejor sería que me buscara otro compañero, pero no se iba ni hacía nada por apartarme de su lado.
Pasaron los años  fuimos creciendo los dos, seguimos mucho tiempo caminos paralelos, nos cruzábamos nos mezclábamos, intimábamos y luego nos separábamos para conocer a otros, pero siempre acabábamos volviendo a retozar en el bosque solos, juntos. Nos entendíamos sin hablar, jugábamos a revolcarnos en la arena, yo le mordía el cuello con cuidado de no hacerle daño y el me empujaba con las patas, temeroso de caer sobre mi con todo su peso y romperme algo.
Hasta que un día en el que, sin saber cómo, los juegos pasaron a ser un poco más violentos, yo le mordía despacito pero él apretaba sus dientes mordiéndome la carne, sin llegar a herirme pero causándome marcas en la piel.
Y en un momento dado, como si tomara conciencia de la situación peligrosa en la que nos hallábamos inmersos, paró en seco. Se apartó de mí y fijo su mirada.
El temor invadió mi cuerpo y mi alma,  nos miramos a los ojos y vi sus pupilas como no las había visto nunca antes, inyectadas en sangre, toda su musculatura temblaba y su mandíbula permanecía cerrada, supe al instante que estaba haciendo un esfuerzo titánico para no atacarme y no entendí el motivo de su comportamiento.
Se dio la vuelta y justo antes de marcharse me dijo: Aunque no esté contigo, siempre estaré a tu lado. Después desapareció.
Tras el primer impacto merodeé sola mucho tiempo, lo busqué por aquéllos lugares que solíamos frecuentar, recorrí bosques y ríos, pero no lo encontré.
Lloré su ausencia largamente, lo maldije en numerosas ocasiones, incomprendida y sola como me sentía.
Y rehice mi vida, continué caminando, conocí a otros y seguí respirando no sé si por voluntad o por inercia.
Y un día, cuando ya casi no podía recordar el pelaje del lobo aquel al que tanto quise y que tanto me enseñó, me acerqué al río. Y esta vez no bebí con los ojos cerrados como hacía siempre, los abrí y al ver mi reflejo en el agua me asusté muchísimo. Me costó un rato reconocerme en la imagen que me devolvían las aguas. Yo no era una loba como siempre había creído, era una corza. Y en ese instante las lágrimas acudieron a mis ojos y comprendí.
El lobo me quiso.  Y yo que me sentí rechazada y repudiada entendí todo en un segundo.
Mi lobo nunca tuvo intención de hacerme daño y antes de despedazarme, luchó contra su instinto durante años para, cuando ya no tuvo fuerzas, desaparecer antes de tener que matarme.
Mi lobo me amó tanto, como nadie me había amado en mi vida.

domingo, 26 de febrero de 2012

El señor "ese"


Alguien cercano me dijo una vez que tengo suerte de encontrarme a los seres que ponen en mi camino. “Tienes unas experiencias extraordinarias que no les vienen dadas a todos los seres humanos, aprovéchalas y aprende de ellas todo lo que puedas, eres una persona afortunada”.....
Y se me quedó enquistada en el alma esa frase que vuelve a mi cabeza cada vez que me sucede algo que considero ,cuanto menos, inusual.....
Lo veo una vez al año por motivos profesionales y hoy ha tocado. Me asquea mirarle a la cara, tengo el defecto de ver en el abismo de sus ojos los rostros de todos aquéllos que lleva colgando de su alma. Una mezcla de odio, nerviosismo y vergüenza ajena se adueña de mis arterias cada vez que lo tengo delante. Al principio le hablaba con más miedo que respeto. Me imponía su estatura, su violencia verbal y la ira que anida en lo más profundo del azul de sus ojos marchitos.  Pero los años de conocimiento han dado paso al valor y al desprecio.....
-Buenos días Belén, vengo arrastrándome por las escaleras, estoy malo, me han dado tres infartos.....
-¡Usted es malo que no es lo mismo Sr. S! ¿Verdad? –respondo con desdén-.....
-Ay que ver como me tratas mujer! Mírame, estoy viejo, cansado, soy un señor mayor y ya casi no puedo valerme sólo.....
Se hace un silencio, mis ojos de animal triste chocan con el filo del hielo de los suyos. Y ninguno de los dos baja la mirada, ninguno cede en una batalla tan abstracta como antigua.....
-       Vengo a que me hagas este trámite…-coloca los documentos sobre la mesa—....
Los reviso, a pesar de que sé vienen en perfecto orden y le doy el precio.....
-Eres una ladrona Belén. –Y se ríe en abierta provocación-.....
-Usted es más que eso, reside en mi país pero dice no ser residente y no paga impuestos. ¿Quién es más ladrón de los dos?....
-Tienes cojones niña, nadie me habla como tu lo haces.....
Y siento que el viejo sabe, es que me siento acojonada y armada con un par de cojones a partes iguales.....
-¿Bueno entonces lo hacemos o no? – le interrogo impaciente-.....
-Si, si, siempre me haces los papeles y no sé porque vuelvo con lo mal que me hablas, hay cientos de personas que hacen lo mismo. –Su voz suena metálica, por fría y por dura-.....
-Si, es verdad, pero usted sabe que ya no le queda mucho y viene aquí a que yo le redima a pesar de que sabe que ya no tiene redención. –Me levanto a fotocopiar una documentación-.....
-Llevas las mismas botas que yo llevaba en la guerra.....
-Pero seguro que hubiéramos actuado de forma muy distinta Sr. S.....
-Si yo tuviera cuarenta años menos te convencería de que no soy tan perro como tu piensas.....
Y me vuelvo incrédula…¿Me está cortejando?....
-Si usted tuviera cuarenta años menos seria igual que ahora pero más despreciable, más animal y más cruel, no estaría doblegado por los años. –Y se me seca la garganta como el esparto, me arañan las palabras que acabo de pronunciar-.....
-Si yo fuera más joven querida Belén seguramente te hubiera dado dos tiros, que ese carácter de mierda que tienes, no se puede enderezar.....
-No es la primera vez que me amenaza y no tengo ninguna duda de que lo llevaría a cabo, pero para su desgracia hoy no va a ser. Sr. S la dignidad no se doblega, eso debería haberlo aprendido usted a estas alturas. Puedo ver en sus arrugas el fondo de su alma, aunque no le guste.....
El viejo se calla, paga, se levanta y va hacia la puerta. Se vuelve y me mira con odio infinito.....
-Eres una mujer valiente pero vehemente, me retas porque te sabes segura…...
Y se va. Y me pregunto si le retaría en su terreno. Y no tardo mucho en contestarme, si, soy vehemente y seguro que yo hubiera formado parte de esos cientos de seres a los que sesgó.  ....
Busco compasión en mi interior, pero para él no la hallo. La guardo para quien la pide y la merece y el Sr. S, ni lo uno ni lo otro.....
Al guardar los documentos me encuentro un billete de cien euros de más. Su “propina”, no sé bien pagando qué. Y como otros años la cambio en la Notaría de arriba en billetes de 20  y dedico la tarde a repartir el dinero. (Ahora me resulta tremendamente fácil encontrar destinatarios en cada esquina, por desgracia).....
Ninguno de mis compañeros quiere tratar con ese monstruo y yo lo desafío cada año. Quizás esté loca, pero esta locura es lo que me mantiene cuerda para poder seguir serena detrás de la mesa y no saltar sobre él a sacarle los ojos. ....

Y el viejo, por desgracia, volverá el año que viene, a buscar a quien tiene los arrestos de decirle el desprecio que siente por un capitán cabrón de las SS…

Nota: Reescribo esto porque hace dos años que no viene y ahora en el 2012 tengo la certeza de que ya no volverá. Y aún así, el frío de sus ojos cargados de sangre y muerte sigue clavado en los míos, como si volviera a entrar en cualquier momento.

viernes, 16 de diciembre de 2011

La mujer que se defendia

Cuando pasa sé que la inmensa mayoría se queda absorto en su cráneo rapado, o en el collar de pinchos que luce pegado al cuello y también en la mirada que de tanto en tanto parece perdida en el horizonte, buscando no se sabe qué, no se sabe donde. Pero yo que siempre he sido una “encontradora de almas”, que las más de las veces sin buscarlas me las he ido tropezando a lo largo de la vida, cuando la miro, todo lo que veo es su esencia.
Es una mujer joven, guapa y dueña de unos ojos que destilan un leve hilillo de tristeza. Su imagen es su coraza, se defiende del mundo ante un posible ataque, aún antes de que éste se  produzca. La agresividad que emana del personaje que se ha creado tiene que deberse a la fuerza al miedo a padecer. Intuyo que ha sufrido mucho, que aún a ratos se relame heridas de esas que nadie ve, pero cuyas cicatrices duran toda una vida, para recordarle a uno de donde viene, aunque las muy perras se nieguen a indicar el camino hacia el que se va.
Le hablo siempre con una suerte de ternura que me nace de lo más profundo porque me identifico mucho con ella, aunque por otras razones y seguro que distintas circunstancias.
La imagino cuando está sola, sentada frente al espejo, maquinilla en mano, rasurándose el cráneo mientras se acaricia la cabeza desprovista de cabello.  Haciendo de ese momento banal todo un ritual, una especie de conmemoración, convirtiendo un simple acto en el homenaje más bonito del mundo a alguien importante que se marchó, quizás, demasiado pronto. Se siente sola pero no lo está, la persona a la que dedica cada uno de sus movimientos cuando se rapa, está detrás de ella, mirándola con una sonrisa en los labios. Sabedora de que sigue morando en cada uno de los pensamientos que se le dedican. Pero ella no puede verla, ocupada como está en verter lágrimas que humedecen  la ausencia. Y yo, por suerte o por desgracia soy capaz de vislumbrar el tesoro que guarda el alma de la mujer que se defiende antes de ser atacada y no puedo menos que alegrarme de conocerla.
De entre todas las personas que conozco, la escogería sin duda a ella para vagar por un lugar oscuro. Que no todo el mundo tiene tanta luz para alumbrar el camino, aunque se empeñen en ocultarlo.



jueves, 24 de noviembre de 2011

No tocaba.

Podría haber sido ayer, miércoles 23 de Noviembre, pero no tocaba aún.
Hace una tarde bonita, son las seis y el sol se ha ido a dormir hace unos minutos. En el horizonte queda un reflejo anaranjado que recuerda que el astro acaba de retirarse y aún dibuja el horizonte con la estela de lo que queda de su luz. No hay mucho tráfico pero es lento, ya que los coches se agolpan en un solo carril a causa de los trabajos que están realizando operarios del ayuntamiento en el alumbrado de navidad.
Voy bien, tengo todo el tiempo del mundo. Cruzo mi ciudad por la avenida principal en contadas ocasiones, de modo que no me molesta tardar más de lo que sería habitual y no me agobian los atascos, será que los sufro poco.
En la radio suena una canción que me levanta el ánimo y me hacen sentir bien, fuerte, segura, llena de vida….”hoy voy a ser la mujer que me dé la gana de ser”, dice. Conduzco mecánicamente, como por inercia, de la misma manera en que lo hacemos el noventa por ciento de los usuarios de automóviles, habituados como estamos a la monotonía de un acto que se ha convertido, aunque no debiera, en reflejo. Casi he llegado a mi destino, estoy parada en un cruce, se abre el semáforo para darme prioridad en una intersección, levanto el  pie izquierdo del embrague y de la misma manera piso el acelerador con el derecho. Mi vehiculo inicia la marcha, en milésimas de segundo miro a mi izquierda, veo por el rabillo del ojo un coche rojo que viene a toda velocidad, no tiene intención de parar, el mío frena en seco. Me quedo en mitad de la carretera sin capacidad de reacción. El infractor ha desaparecido, por el retrovisor echo un vistazo a los que me siguen, están parados, estupefactos. ¿Qué ha pasado, como he frenado tan rápido, qué clase de reflejos he tenido? Sonrío y pienso que alguien vela por mí en alguna parte. Podría haber sido pero no ha sucedido. Hoy es un gran día, “hoy voy a ser la mujer que me de la gana de se”. Hoy la de la guadaña  ha pasado de largo.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Artesanos


Un amigo de la infancia me enseñó a pisar fuerte en los momentos duros, mientras corríamos por las playas a ritmo de Heavy Metal.  Su padre me mostró el maravilloso mundo del arte de la conversación. Una actriz me cogió de la mano y me llevó a conocer la lealtad incondicional por los amigos. Una amiga con demasiada prisa por marcharse me quitó el miedo a la muerte de un zarpazo, que la muerte no es mala, lo malo es morirse. Una mujer no me dejó llegar nunca a ella, escogió ser una isla y conocí la soledad más grande, la interior. Un hombre de barbas de nata hizo que mi aniversario del año dos mil ocho sea uno de los recuerdos más bonitos que poseo. Una mariposa me abandonó por una luz más brillante que la mía, pero para eso es una mariposa. Un inglés me educó en la emoción y me enseñó a no sentir vergüenza cuando ésta se derrama.  Un niño de dieciséis años me indico el camino a la serenidad. Un analfabeto emocional me despreció y me ayudó a experimentar la lástima. Una luciérnaga me indicó el camino del afecto cotidiano con su lucecilla, aunque ella se perdía con asiduidad. Otro niño más pequeño que el anterior reiteraba que hay que pensar antes de hablar.  Una ciber-compañera se tomó la molestia de venir a conocerme y plantó el arból de la amistad. Un fotógrafo de cosas que casi nadie ve, me presento un mar distinto, vestido de faralaes y adornado con volantes de sal. Una galesa pelirroja anegó de agradecimiento todo mi ser cuando se acordó de hacerme una llamada para despedirse  para siempre. Otro fotógrafo, éste de Estelas de Jazz, me pidió que escribiera  mi primer libro. Alguien de genio huracanado me lo dejó en herencia para que pudiera desahogarme vehementemente. J, cuyo don es convertir en arte todo lo que toca, me abrió una ventana para ver de cerca como funciona la genialidad. Una doña me enseñó a marcharme cuando algo no fluye con naturalidad para evitar alimentar el desamor. Un escalador me demostró que por mas montañas que se interpongan, hay amistades que no entienden de obstáculos. Una señora hizo de guía turística y ninguna de las dos nos movimos del sofá. Un actor me dejo entrar en su casa y me alentó cuando yo había perdido la fe en mi. Una chica con un caparazón ancestral como el de la tortuga de Darwin me ayudó a aprender a convivir con mis miedos. Un marino me marcó el rumbo a la humildad para poder pedir perdón con naturalidad. Una que me juzgo y me condenó sin darme opción a explicarme me mostró que la libertad es dejar que los demás se equivoquen solos, sin juzgarlos. Una profesora de ojillos vivaces y pañuelos de seda anudados al cuello me enseñó que  los libros son alimento para el alma. Una chica a la que solo conocía de vista me regaló  en un día negro y abisal, el abrazo más cálido que me han dado nunca.  Una irlandesa me dejó una lección inolvidable, “nosotros guiamos nuestro destino, salvo excepciones insalvables”.  Una niña alemana me enseñó a escribir mi nombre en otro idioma y me abrió la puerta a otras lenguas. Un paseo por una ciudad extraña me mostró que la predisposición del ser humano a ayudar a otro que vaga perdido, prevalece sobre la indiferencia. Una amiga de la infancia me hizo tomarme en serio los espejos. Un amigo de cuyo apellido juego a no acordarme, me ofreció un guiño cómplice cuando nadie parecía entenderme. Una viuda me adoptó sin condiciones cuando estuve sola en el extranjero. La sonrisa franca de una desconocida en un momento de dificultad encendió una esperanza hace ya años que aún hoy no me ha abandonado. Un padre al que no conocía me hizo llorar por su dignidad y resignación en la despedida de su hijo.Un editor que perdió su tiempo en leerme y corregirme me dijo que uno hace por otro y luego llega un tercero y hace por uno, y así es exactamente como funciona.  Una madre de siete hijos, me permitió robarle el tiempo del que no disponía y tomarla de confidente. K, que me dijo que mis palabras la habían acompañado en muchos momentos y entendí que su calidez me nutre. Un músico puso banda sonora a mi vida y aún resuenan sus notas en mis oídos.
Gano mucho más de lo que doy y guardo mucho más de lo que pierdo. He aprendido que cuando uno dice “no puedo más” todavía puede continuar mucho tiempo. A todos los artesanos de emociones que he mencionado y sobre todo a los que he olvidado Gracias!



miércoles, 16 de noviembre de 2011

Carreras en el cielo

Roberta apoya la mejilla en la ventanilla del coche. El tintineo del motor que hace temblar el cristal le produce una suerte de cosquilleo que le calma los nervios. El paisaje  es precioso, una delicia para el visitante y un orgullo para el oriundo. Italia es rica en lagos, parajes verdes, viñedos, edificaciones solemnes de familias con solera y escudo y construcciones añejas mecidas en lo que un día fue la cuna del mundo. Pero Roberta no puede ver nada. Sus ojos miran hacia el infinito, clavados en un horizonte azul que nada muestra y que todo encierra. Mirar sin ver es uno de los actos reflejos que más practica el ser humano, aún sin darse cuenta muchas veces, pero ella es consciente de su pecado. No hay nada ahí fuera capaz de llamar su atención, nada que la atraiga o la conmueva. No hay nada.
Luigi conduce en silencio, hace ya meses que no cruzan más que las palabras estrictamente necesarias. No saben que decirse, perdieron en un instante la capacidad de comunicarse, de contarse sus sentimientos, de arroparse el uno al otro, de tenderse una mano o darse un abrazo en la oscuridad del camino. A Luigi lo criaron en una familia típicamente mediterránea, con ese absurdo convencimiento de que los hombres no pueden tropezar ni mostrar debilidad. Un hombre es un hombre y no hay lugar en su interior para sentimentalismos que no llevan a ninguna parte y que tan poco respeto inspira a los demás.
La mira de reojo, hace meses que la observa, ve como Roberta se va ahogando en un mar de silencio, el mismo que ellos se han impuesto de mutuo acuerdo con sólo cruzar las miradas.

Van llegando a su destino. Levanta el pie del acelerador, duda un momento pero Roberta sale de su ensimismamiento y le ordena sin palabras continuar. El obedece y toman el camino de tierra que les lleva a su destino.

Cuando llegan se bajan los dos del coche y sigue el perpetuo silencio. Ella saca unos mazapanes envueltos en un paño de cuadros rojos y blancos, dulce típico de Sicilia, su casa. Le tiemblan las manos pero se insufla valor, aminorando el paso, dando tiempo a Luigi a llegar a su lado. Caminan juntos. Llaman a la puerta, un perro ladra alertado por el timbre, tardan un poco pero se oyen pasos que se acercan.
La puerta se abre y un hombre encorvado que se adivina un día fue grande asoma, abatido, con los hombros caídos y  los ojos cansados de buscar, escondidos tras sus gafas graduadas.

Roberta da un paso, le adelanta el presente e intenta que la voz no se le rompa justo ahora.

-         Hola Paolo, mi marido y yo, hemos venido a presentaros nuestros respetos. Nuestro único hijo murió hace dos meses en un accidente de moto, como el vuestro y hemos pensado que si os ofrecíamos un poco de aliento quizás….

No puede continuar se le quiebran las buenas intenciones, la voz y el alma. Se abalanza sobre Paolo, lo abraza, llora desconsoladamente y se aferra con fuerza a ese hombre como si hacerlo pudiera purgarle el dolor que trae a cuestas.

Luigi no se mueve. Incapaz de reaccionar al ver a Roberta por fin partirse en dos. Sólo llora por primera vez desde aquél día.

Paolo la abraza a su vez, mira al marido y esboza una mueca, algo parecido a una sonrisa.

El jardín está lleno de flores, de velas, de fotografías, de regalos que personas llegadas de todo el país han ido dejando en los últimos días.

-         Está bien, tranquila, llora. Los niños están enseñando a los ángeles a ganar carreras. Mírame a mí, creo que aún no he reaccionado. Sigo trastornado y sin embargo personas desconocidas como tu me dan una fuerza que nunca creí que sería capaz de tener. Venías a consolarme y soy yo el que te consuela. Si algo me ha enseñado mi hijo es que era especial. Cientos de desconocidos han venido a mostrarnos su cariño. Y yo que pensé que eso de “te acompaño en el sentimiento” eran sólo palabras, he descubierto que tienen un significado. La partida de mi hijo me ha demostrado que estamos en el mismo mundo, que tenemos los mismos miedos y que padecemos los mismos sufrimientos. Mi hijo ha destapado en nuestra vida, la grandeza del ser humano. 


jueves, 20 de octubre de 2011

La herida

Han pasado tantos años desde que me marché que no sé muy bien lo que espero encontrar a mi regreso. Toda mi infancia se ha ido diluyendo como se disuelve la gelatina en el agua, formando un pasado de solidez y color hechos a mi medida. Soy consciente de haber mitificado lugares, personas y situaciones, que para eso la única ventaja que dan el paso del tiempo y la muerte, es la posibilidad de distorsionar a tu antojo una realidad que aunque sea paralela, no deja por ello de ser menos veraz que la original.
Y vuelvo hoy, después de veintitantos años, a este callejón donde corrí sin descanso, donde aprendí a montar en bicicleta y donde me dejé parte de la rodilla derecha enganchada en el guardabarros mohoso de un seiscientos pintado en un verde mate que nunca más he vuelto a ver.
La fachada de lo que un día fue el nido de mis primeros años está intacta, añeja por el paso del tiempo y el sedimento que ha dejado la humedad de los fríos días de invierno, pero intacta al fin y al cabo. Los azulejos que decoraban la entrada siguen allí, sin haber perdido un ápice de colorido ni del brillo que recordaba.
Las ventanas, una a cada lado de la puerta, están como ésta última, tapiadas con ladrillo rojo y cemento gris. Queda intacto también el timbre al que no solía llegar ni aún subiéndome en el escalón de la entrada y que ahora, no sin sorpresa descubro que me queda a mano sin tener que levantar mucho el brazo.
Decido que me voy, no hay nada que ver, no queda ya nadie. Y justo cuando doy un paso atrás mi cabeza se gira automáticamente a la puerta de la casa contigua. Y me acuerdo que solía vivir allí la abuela de una niña con la que yo compartía juegos y meriendas de pan con leche condensada rociada de unas cucharadas de cola-cao que se te pegaba a la garganta y te hacía toser durante media hora, dejándote un regusto a cacao seco en la boca el resto del día.
La puerta es la misma, de cuarterones color marrón y con una ventana enrejada en medio que está abierta. Lo pienso pero llamo con los nudillos sin dudar. Y para mi sorpresa la señora que sale es un rostro familiar, lejano pero que he visto antes.
Le pregunto si desde su azotea podría ver la casa contigua y me dice que no está en venta, no quiero comprarla es la casa de mi familia. Se hace un silencio de segundos que a mi me parece una eternidad y de repente ella también me reconoce. Me invita a entrar y me indica la escalera por donde he de subir, me esperará abajo, no tiene las piernas para tanto esfuerzo, los años no han pasado gratuitamente para nadie.
Subo los peldaños de dos en dos con paso firme. Creía recordar más escalones, se ve que con el crecimiento de mi cuerpo ha menguado todo a mi alrededor. Me siento Alicia por un día.
Entre ésta casa y la que un día fue mía hay un muro que me llega a la cintura. Me asomo. El solar que hay ante mí escuece como una herida abierta. No tiene techo, sólo quedan las cuatro paredes; la fachada que ya he visto, la que hace de muro adosado a ésta vecina, la que soporta la casa del otro lado y el muro trasero. Aún queda en pie un cuadrado, un patio interior que daba al salón, baño, pasillo y dormitorio principal y cuyos ventanales inundaban de luz todas esas estancias. El baño era de azulejos negros y suelo blanco y negro también, como un damero. Los de la pared permanecen intactos, no se ha caído ninguno. El suelo no se aprecia, hay maleza por todos lados, el níspero que un día estuvo en el patio ha echado raíces por toda la casa y sus ramas dan sombra a lo que un día albergó la cocina. Esa cocina donde se guisaban patatas con raya, chivo en caldereta o puchero con hierbabuena y que aún si hago un esfuerzo y casi sin cerrar los ojos, puedo volver a oler con inusitada intensidad. Nada es tan enorme como yo he creído todos estos años, nada es como lo he conservado en mi memoria y sin embargo lo que queda es completamente reconocible y familiar.
Aspiro profundamente, lleno los pulmones de ese aire húmedo y gris que envuelve esta ciudad y deshago el camino hacia la planta baja. La vecina me dice que hace muchos años que nadie va por allí, que la casa se deterioró y un día se vino abajo.
Le doy las gracias a la buena mujer, me besa y me abraza y me despido.
De camino de vuelta a mi vida actual me doy cuenta de que este viaje al pasado era tan necesario como reparador. Mi herida sigue tan abierta como la casa, en canal. Pero comprendo que ya nada queda en lo que acabo de dejar atrás. Todo está dentro de mi, todo lo que fui y lo que me ha hecho llegar a ser lo que soy ahora está dentro de mi corazón. La casa se cayó por la indiferencia, de soledad y de pena. Y así es como caemos también las personas cuando morimos, disueltas en el olvido.
Pero mi rostro esboza una sonrisa amarga, no tengo que volver nunca más, donde quiera que vaya vivirá aquel callejón tal como yo lo conocí un día, lleno de flores, de mujeres encalando y de chiquillos ruidosos. Y el dueño de la casa, ése, ése seguirá siendo una herida sangrante que no voy a cerrar nunca. Hay veces que el dolor es necesario,  nos mantienen conscientes. Hay heridas que a la vez que nos queman nos sonríen, nos besan y nos acarician y esas heridas me recuerdan que el dueño de la casa sigue caminando comigo donde quiera que yo vaya. Él no vaga solo y yo tampoco, la vida se encargó de anclarlo fuertemente al puerto de mi memoria.